SILBANDO

Lo primero que pensó Sebastián Piana con los 500 pesos que había obtenido por el segundo puesto obtenidos en el concurso de cigarrillos “Tango”, con su tango “Sobre el pucho”, es que tenía que comprar un piano. Aun no había alcanzado los veinte años, pero en ese 1923 la posibilidad de incursionar en la música popular y dejar de lado –aunque fuese transitoriamente- su vocación por lo clásico, avanzaba a pasos agigantados.

El “viejo” José González Castillo le había servido de apoyo para crear su primer tango. Inmediatamente después, el hijo del “viejo”, Cátulo, golpeaba la puerta de su casa para plantearle una urgencia en la misma dirección hacia la que estaba apuntando. La urgencia era una melodía de la que sólo tenía la primera parte. Cátulo tenía tres años menos que Sebastián: simbolizaban la primera generación de renovadores del género, no influidos por la herencia gauchesca, negra ni española. Porteños, urbanos y con hondo arraigo en el barrio.

La obra se completó con la participación del “viejo”. Todo fue demasiado vertiginoso: González Castillo era el director artístico de una compañía que actuaba en el Teatro San Martín, cuya actriz y cancionista era Azucena Maizani. Esta venía de un éxito rotundo con “Padre nuestro”, perteneciente al sainete “A mí no me hablen de penas”. Pero el proyecto era otro: una comedia llamada “Poker de ases”.

Azucena se “probó” el tango como un vestido y vio que no precisaba hacerle ningún retoque. Ese tango era “Silbando”, esa obra estaba llamada a ser un suceso.

El cuentito, simple, no parece tener fisuras. ¿No?

Hay otra versión parecida pero distinta. Con dos años de diferencia: se dice que la obra que lanzó a “Silbando” se llamaba “La octava maravilla”, y que la presentaba la compañía de Héctor Quiroga, también en el Teatro San Martín. El indicio que sustenta esta tesis es la fecha de grabación del disco: Azucena lo registró ese mismo 1925. Además, ella admitió que al día siguiente del estreno lo llamó a Gardel para incentivarlo a que lo grabara. El “Zorzal” también pasó por el estudio ese año.

Lo que logró Carlitos, además de maravilloso, fue recrear la situación con un silbido, que desde ya no estaba en la partitura y que difícilmente haya sido fruto del ensayo exhaustivo. Más bien, parece un momento de inspiración, que realza la pincelada costumbrista del “viejo” González Castillo: “Y al son que el fueye rezonga / y en el eco se prolonga / el alma de la milonga / va cantando su emoción” es el verso final, que antecede al silbido.

Evocación del silbido

“Tenía esa gracia un poco infantil de los muchachos silbadores de las esquinas porteñas de extramuros, la humorada imprevista, la risa contagiosa, la chacota genial, virtudes que lo acompañaron acaso hasta el mismo segundo de su muerte, mirando a través de la ventanilla del pájaro incendiado. Silbaba de una manera extraña, doblando la punta de la lengua –que los labios los dejaba para sonreir-”. Cátulo Castillo grabó estas palabras para el sello Odeón, que en una grabación de homenaje a Gardel antecedieron a “Silbando”.

Algunas versiones

Gardel lo grabó por primera vez en 1925, en dos tomas diferentes, con dos guitarras: José Ricardo y Guillermo Barbieri. Repitió el registro el 30 de septiembre de 1930, también en dos ocasiones, esta vez con el acompañamento de Barbieri, José María Aguilar y Angel Riverol.

El registro de Azucena Maizani, que también es de 1925, cuenta con el acompañamiento de la orquesta de Francisco Canaro.

Con los años, lo grabaron Alberto Castillo con la orquesta de Emilio Balcarce (1945), Osvaldo Fresedo con Héctor Pacheco (Columbia, 13/5/1952) y Julio Sosa (Columbia, julio 1955/febrero 1957), entre otros.