BAJO BELGRANO

Como a la Esthercita del tango, que ahora le llaman Milonguita, ya nadie habla del Bajo Belgrano: es mucho más glamoroso y cool decir Belgrano Chico. Pero si bien los mercaderes del negocio del metro cuadrado lo rebautizaron, el Bajo Belgrano existe y está vivo, aunque el catastro comunal lo ningunee. Y eso que tuvo un parto complicado: recién en la segunda mitad del siglo diecinueve los sucesivos gobiernos realizaron obras de urbanización para ganarle espacio al río, en los años en que Buenos Aires terminaba en las Barrancas de Belgrano y estaba a merced de las crecidas.

Primero fueron los terraplenes del Ferrocarril Bartolomé Mitre. Progresivamente, la zona se fue poblando por entidades deportivas (marinas para la práctica del yachting, actividad a la que eran aficionados los hermanos Jorge y Eduardo Newbery), el Hipódromo Nacional (que fue desactivado en 1911 para permitir el monopolio del de Palermo), la cancha de Excursionistas (inaugurada en 1912 en el perímetro comprendido por Pampa, Miñones, Virreyes y Migueletes, debido a una cesión municipal) y ya en 1938, el estadio de River Plate. Si se lo considera deporte, también fue fértil la actividad de la riña de gallos. Hasta que el peaje que se oblaba por desconocer la actividad ilegal fue insuficiente, y entonces se clausuraron los reductos.

En cuanto a la conformación social, la zona del Bajo permitió el crecimiento paralelo de un barrio de casas bajas y con ciertos detalles de jerarquía junto a una villa de emergencia. La dictadura de Jorge Rafael Videla tuvo a bien realizar una abrupta maniobra de ocultamiento y desaparición, antes de 1978, con lo que el barrio se vació de “elementos indeseables”, eufemismo con el que los gobiernos autoritarios consideran a la clase obrera sin mayores posibilidades de asomar la nariz a otro estrato social.

Pero el Bajo Belgrano fue, y hasta hoy sigue siendo, sinónimo de actividad hípica. El último stud (que estaba enfrente de Excursionistas) fue demolido en el 2007 por uno de los tantos sátrapas con exención municipal para construir una torre de mil quinientos pisos y amenities (que nunca falten). Que les aproveche.

Quedan los fantasmas de la grey burrera. Los equinos llevados a la hora en que despunta el sol por las arboladas calles, rumbo a algún aspiracional destino de grandeza, a correr a Palermo. Los sueños de los peones, los cuidadores, los “estuleros”. Y el tango que eterniza la zona a través de sus representantes más nobles y leales al origen: los pingos.

Francisco García Jiménez, nacido en el Centro, periodista, escritor de varias semblanzas tangueras, conocido de Gardel y eterno integrante del podio de los mejores letristas de la historia, fue su autor. Muchos años después, José Gobello calificó su letra de “pedestre”, lo que el vate consideró una ofensa mortal. Lo cierto es que sus estrofas, evocativas y románticas, estaban lejos del Parnaso literario. Y también de la descripción del barrio que hiciera Carlos de la Púa en “La crencha engrasada” o de Félix Lima en “Entraña de Buenos Aires”.

Pero “Bajo Belgrano” –el tango, no el barrio- nació (en 1926) al influjo de un concurso de tangos: el que anualmente organizaba Mauricio Godard, gerente de la empresa Max Glücksmann, concesionario del sello Odeón, donde grababa la inmensa mayoría de los artistas más populares. Y al ser parido a instancias de un estímulo semejante, más que por un llamado de las musas, se le puede conceder un rango menor en la poética tanguera. Los concursos tenían esa aptitud: exacerbaban la creatividad de académicos y de legos, que con tal de ver publicada su obra (y en algunos casos, grabadas por Gardel o por la orquesta de Francisco Canaro), se lanzaban a la aventura de escribir. Quien llegue hasta aquí con este relato comprenderá que escribir, escribe cualquiera.

Lo cierto es que “Bajo Belgrano”, que habla de peones que quieren salir de pobres gracias a  su pingo querido, de brisas sanas que afloran desde los patios de los studs (no desde los locales de cocina fusión que hoy inundan la zona), de un lugar llamado “El Lucero” desde donde turbaban las violas, de una pebetita linda y gentil y de una ciudad con veinte barrios, en ese 1926 se llevó el tercer puesto.

El voto lo emitía el público que asistía a la presentación de esos tangos en el teatro Grand Splendid (hoy una lustrosa librería), ejecutados por diversas orquestas del sello patrocinador. Y a éste se le sumaba un jurado de notables, que no eran sino los ejecutivos de la compañía que seguramente elegirían con criterio de marketing cuáles canciones podrían ser futuros sucesos. En el caso de este año, tanto el ganador (“Páginas de amor”), como el segundo (“Llegué a ladrón por amarte”) como “Bajo Belgrano”, fueron grabados por Gardel. Como si éste no fuese un premio suficiente (téngase en cuenta que el autor es fan de Gardel), además los autores obtenían premios en efectivo.

Claro que un tango sin música es un puñado de versos: hay que agregar que la melodía fue compuesta por Anselmo Aieta. Quien formó con García Jiménez una conjunción imbatible. Empezaron en 1924 con “Príncipe” y seguirían con “Siga el corso” (también de 1926) y “Alma en pena” (presentado en el mismo concurso, pero en 1928), entre muchas otras composiciones que también fueron registradas por El Morocho del Abasto.

“Bajo Belgrano” significa, hoy, un pasaje de retorno a una ciudad inexistente, porque fue  perdiendo sus espacios emblemáticos en busca de un estilo de vida impersonal y ajeno. Para perpetuar la nostalgia por aquella mística barrial extinguida, apenas queda el recurso de hacerse burrero. O hincha de Excursionistas.

Letra

Bajo Belgrano… Cómo es de sana
tu brisa pampa de juventud,
que trae silbido, canción y risa
desde los patios de los studs.
¡Cuánta esperanza la que en voz vive!.
La del peoncito que le habla al crack:
-Sacame ‘e pobre, pingo querido,
¡no te me manques pa’l Nacional!…

Calle Blandengues… donde se asoma
la morochita linda y gentil,
que pone envueltas con su mirada
sus simpatías sobre un mandil…
En la alborada de los aprontes,
al trote corto del vareador,
se cruza el ansia de la fortuna
con la sonrisa del buen amor…

La tibia noche de primavera,
turban las violas en “El Lucero”,
se hizo la fija del parejero
y están de asado, baile y cantor.
Y mientras pierde la vida un tango
que el ronco fueye lento rezonga,
se alza la cifra de una milonga
con el elogio del cuidador.

Bajo Belgrano… cada semana,
el grito tuyo que viene al centro:
-¡Programa y montas para mañana…
Las ilusiones prendiendo va…
Y en el delirio de los domingos
tenés reunidos, frente a la cancha
gritando el nombre de tus cien pingos
los veinte barrios de la ciudad!…